Un número que causa buenas impresiones en el primer golpe de vista. En nuestra mente, aparece un pensamiento placentero, una sensación agradable. Porque esa bella cifra nos transmite una sensación de alegría y es automáticamente asociada con el progreso y el crecimiento. El 100 representa la abundancia, la perfección y la grandeza. Y este último adjetivo le queda perfecto alguien que alcanzó el centenar de partidos vistiendo la celeste y blanca de Avellaneda. De los mejores jugadores que vio nacer la academia en lo que va de este siglo. ¿Coincidencia?
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Es que Lisandro López alcanzó algo más que tres cifras jugando para Racing: logró convertirse en un símbolo, en un estereotipo, en un modelo. Todo esto, gracias a su personalidad particular, separada del discurso fácil y la hipocresía. Su honestidad nunca la negoció. Y su cuota goleadora tampoco: en todas sus etapas, el gol estuvo asegurado en sus pies y cabeza.

Y sus dos ciclos vistiendo la albiceleste tuvieron diferencias bien marcadas uno del otro. Nacido en Rafael Obligado, llegó a la academia durante su adolescencia luego de que un cazatalentos vea en él algo diferente al resto. Y no se equivocaba. Debutó en primera allá por 2003 en un 2-2 frente a Vélez en el Cilindro. Ingresó por Guillermo Rivarola, a pocos minutos para finalizar el partido. Ese día, un tal Diego Milito convirtió un gol. De a poco, a base de buenas actuaciones, fue ganándose la consideración de los técnicos. Era un joven con un entusiasmo tremendo. Su potencia quebraba las caderas de los defensores, o los dejaba agotados al extremo. Y su cabezazo, a pesar de no ser de gran estatura, era realmente certero.

En los siguientes dos años al de su debut, se vería su mejor versión. Conformó, junto con Gastón Fernández y Mariano González, un trío divino, recordadísimo por el hincha. Esos tres muchachos de apellidos criollos construían y enlazaban paredes que desbarataban cualquier estructura defensiva. Y no sólo eso: también se divertían festejando bailes desquiciados. La locura sana de este muchacho siempre lo caracterizó. En 2004, Lisandro fue el goleador del torneo, con 12 anotaciones. Hacía 35 años que un jugador de Racing no gozaba de tal distinción.

Fue ya en 2005 cuando, lo que es inevitable en el fútbol argentino, sucedió: un grande del viejo continente posó sus ojos en él. El Oporto depositó 2,3 millos de la moneda europea y se lo llevó. La promesa del regreso estaba presente tácitamente en él inconsciente de la hinchada. López cerraba su primera etapa en la academia con 70 partidos y 26 goles en su haber.

Desde ese entonces, se mantuvo durante 10 años en la élite del deporte europeo. Ganó todo a nivel local en el fútbol portugués. El Lyon pagó 24 millones de euros para contar con el argentino, luego de que Benzema fuese transferido al Madrid. En el club francés, también

mostró un nivel desorbitante y triunfó. Los hat-tricks, los goles decisivos y las apariciones en momentos desfavorables fueron figuritas repetidas en su carrera. Distinciones inviduales y elogios periodísticos le caían del cielo.

Ya por 2013 decidió probar en un liga más exótica, pero que paga muy bien: la qatarí. Allí estuvo una temporada y decidió romper los vínculos contractuales. Pero cuando todo parecía indicar que el regreso a Avellaneda era un hecho, hubo una última parada: el futebol brasileño. Allí ganó un campeonato local; pero, sin embargo, estuvo tan solo una temporada. El retorno se concretaba. El Licha volvía al club de sus amores.

Su retorno fue en un momento y contexto totalmente distinto al que había en Mozart y Corbatta cuando partió a Europa. Racing venia de clasificar a la Copa Libertadores venciendo a Independiente en la liguilla, en lo que fue una definición histórica. Además, el efecto Milito todavía sobrevolaba por el Cilindro y todo se hacía más fácil. De todas formas, la incertidumbre sobre como llegaba física y futbolísticamente rondaba en el pensamiento de hinchas, dirigentes y cuerpo técnico.

Pero Lisandro llegó renovado. Obviamente, ya no contaba con el vigor y la potencia de un joven de 23 años, pero sus cualidades técnicas y tácticas estaban intactas, o quizá mejoradas. Al igual que su locura: su festejo con el índice en la sien quedó patentado luego de convertir un agónico golazo de chilena contra los vecinos, para empatar el clásico en la Doble Visera.

Su ego paupérrimo y su humildad colosal seguían firmes. Lisandro López volvía para ganar, no para retirarse. Y eso se vio a las claras. Sobretodo en sus fastidios fáciles cuando el equipo comandado por Sava no tenía una idea clara, y en sus declaraciones cargadas de honestidad, cuando, tanto él como sus compañeros, tenían una noche para el olvido. No le teme a la verdad ni a la franqueza. No vaciló a la hora de admitir que la eliminación ante Mineiro fue un fracaso.

Ya con el retiro de Diego Alberto y la ida de Sebastián Saja, la circunstancia le exigía liderazgo. Y si bien, nunca tuvo esa impronta de líder, no le escapó a la responsabilidad de ser el capitán del plantel. Y la presión le sienta bien: en lo que va de su regreso, convirtió 12 goles en 31 partidos, todos con una pincelada de calidad características.

Lisandro López alcanzó, en el partido del miércoles pasado, los cien partidos defendiendo los colores de Racing Club de Avellaneda. Pero su figura simboliza más que un simple número que, frente a Arsenal, dejó de tener sus dos ceros, para convertirse en 101. Lisandro López es sentido de pertenencia. Lisandro López es grandeza. Lisandro López es Racing. Lisandro López es 100.

REDACCIÓN: ALAN CORREA (@CorreaAlan97)

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Un número que causa buenas impresiones en el primer golpe de vista. En nuestra mente, aparece un pensamiento placentero, una sensación agradable. Porque esa bella cifra nos transmite una sensación de alegría y es automáticamente asociada con el progreso y el crecimiento. El 100 representa la abundancia, la perfección...